Desliza, gira, avanza, un paso, lanza. Otra vez.
Desliza, gira, avanza, dos pasos, lanza, impúlsate, salta. Otra vez.
Desliza, gira, avanza, dos pasos, lanza, impúlsate, salta, cae... Otra vez.
Así pasaban las tardes interminables en el gimnasio, obsesionada por la perfección. Sabiéndola imposible, pero aún así, deseándola siempre. Desafiando la fatiga, los esguinces y los fracasos. Saltaba y giraba al compás de la música, lanzando aros y pelotas, recogiéndolos y volviéndolos a lanzar. Inventando nuevos giros, nuevas piruetas, arrastrándose al límite y sobre él. Nunca nada me hizo auto exigirme tanto como aquello, era un dolor placentero. Aprovechaba cada minuto disponible para poder escaparme a ese mundo paralelo sobre el tabloncillo. Con la música vibrando en mi cabeza, la tobillera bien ajustada en mi pie derecho, lesionado para siempre por correr demasiado aprisa, por saltar demasiado pronto.
Esperaba a que terminaran las clases y las prácticas del día y sólo me acompañaban los gritos ahogados de las clases de judo, en el extremo opuesto del gimnasio. A esa hora, por fin, era dueña del amplio piso flexible de madera, con la tenue luz que entraba por las ventanas. La sensación que anticipaba cada práctica era indescriptible, una mezcla de ansiedad, obsesión, obstinación e impaciencia. Primero unas cuantas flexiones y extensiones, para precalentar el cuerpo y evitar otras lesiones. Un par de vueltas a media velocidad, en puntas de pie, pequeños saltos y giros, hasta sentir brotar la humedad en toda la piel. Pausa.
Luego me acerco lentamente, concentrando la vista en un punto sobre el suelo. Allí coloco un pie, luego el otro, a pocos centímetros y me arrodillo, hundiendo la cabeza entre los brazos, como alas. Aguanto la respiración, fijo la vista en esa pequeña hendidura entra las tablas, y el resto desaparece. Una balada de Ángeles del Infierno comienza a sonar en mi cabeza. Aferrando el aro con ambas manos, repaso cada músculo y cada parte de mi cuerpo, tensión controlada, hasta que la voz de Gallardo me eleva del tablón, lentamente, como una estela de humo de cigarro. Y comienza la danza.
Desliza, gira, avanza, lanza el aro, impúlsate, salta, atrapa en vuelo y cae en la punta del pie derecho, apretando los dientes del dolor, mientras la guitarra rasga el silencio y nuevamente el aro sale disparado hacia el techo. Otro giro, las manos son alas de cisne persiguiendo un aro que levita sobre el tabloncillo. La canción retumba en mi interior mientras mi cuerpo se desplaza, rítmico y silencioso, a los ojos de pocos testigos, que van abandonando el lugar. Y quedo sola, o más bien, conmigo, y con el cuerpo tembloroso del esfuerzo y el placer. Repito una vez más la melodía, y la danza irrefrenable, hasta que la penumbra va borrando las siluetas y la fatiga finalmente me doblega."
Junio 2019
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