jueves, 27 de junio de 2019

A LAS MADRES DE LA LENIN


Los viernes la ponen ansiosa. Se levanta tempranito y cuela café, bebe un largo sorbo mientras escoge el arroz y remoja los frijoles. Tiene el pollo adobado en el refrigerador para hacer su platillo favorito: fricasé, pero sin papas. Con la yuca se va a deleitar igualmente. Regateó infructuosamente para conseguirla, se miró los zapatos y pensó “todavía aguantan otro mes”. Prende el radio para saber del tiempo y poder tender la ropa que le mojó la lluvia del otro día. Si hay viento, se secará en un par de horas. Mueve el dial lentamente y lo detiene al escuchar la voz de Benny y lo deja ahí, acompañándola.

La mañana se va de un lado a otro, pasando la escoba aquí, estirando sábanas allá, desempolvando muebles, pelando, picando y revolviendo en la cocina. Abre la caja de cigarros, vacía. Se cepilla el cabello gris para bajar a la bodega, donde compra otra cajetilla, conversa brevemente con una vecina y regresa, atravesando la rejita que rechina, con sus bisagras cansadas de herrumbre y soledad.

Después de almorzar brevemente se asoma al balcón, café en mano, cigarro en la otra, atisbando el horizonte. Sobre los techos demacrados, los postes que se pierden a lo largo de la calle, las nubes que se alejan para dar paso al sol castigador, se percibe un intenso olor a sofrito que se eleva inundando la ciudad. Regresa a la cocina a lavar los trastes, mientras el Benny sigue cantando. Toma la ropa húmeda y la cuelga en el balcón, y se sienta a esperar frente al televisor. Mira sus manos secas y callosas y piensa que aún sirven para acariciar.

El sillón rechina bajo su peso y no se puede concentrar en el programa, tampoco la logra entretener. Llena un cubo para darse un baño rápido. Después va a la cocina a preparar otro café, ya no canta Benny y la ansiedad no tiene oídos. Apaga el radio y se asoma al balcón. Mira hacia la rejita descascarada de la entrada, luego hacia la esquina, donde está la bodega y la calle que se pierde al doblar. Prende otro cigarro, lo consume, el café se enfría, la esquina y la reja no se mueven, mira el reloj y vuelve a mirar hacia la esquina. Hasta que al final ve una camisa celeste con un punto rojo que aparecen, cruzan la calle y se acercan a la reja, que nuevamente reclama al abrirse.  Una sonrisa llena de luz la arrebata del balcón y hace correr a abrir la puerta y abrazar con sus manos secas y orgullosas al hijo, que regresa a la casa y a sus brazos por dos preciosos días.

“¡Mami, estoy partío!, ¿Qué hay de comer? Hoy toca Havana, ¿me prestas 5 pesos? Ah! Me voy a la playa el fin de semana, el profe de Mate invitó a todo el grupo, ¿dónde está la trusa? Eres la mejor, vieja, ¡qué rico estaba el fricasé sin papas, me tengo que ir ya! Chaoooooo…..”

El beso se queda prendido a la mejilla.

Recoge los platos sucios de la mesa y el uniforme tirado sobre la cama, y la maleta junto a la entrada. Junta la ropa sucia y la lleva al lavadero. Se fue la luz, tendrá que lavar a mano y esperar que se seque antes del domingo, para planchar y doblar la ropa a tiempo, antes del pase. Y entrará corriendo un remolino azul y bajará la escalera y saldrá por la rejita vieja y se perderá otra vez tras esa esquina infame, esa esquina odiosa que siempre se lo arrebata. Mira las fotos enmarcadas sobre la repisa y con una sonrisa resignada, se sienta frente al televisor.


martes, 25 de junio de 2019

RECUERDOS DE LA LENIN I

Diarios

En las tardes de 12° ya, cuando el calor pesaba en las literas, en las aulas, en todos los rincones y escondrijos de la escuela, me alejaba hacia las canchas de futbol, cerca del tanque de agua.   
Me sentaba bajo la ceiba a leer o a escribir en mi diario.  La sombra me protegía del pesado calor, a veces soplaba alguna brisa agradecida.
No había teléfonos inteligentes ni redes sociales digitales, así que los acontecimientos se iban guardando artesanalmente bajo un bolígrafo azul, en esos pliegos de libreta manoseada, con tenues líneas verdes, carátula blanda con dibujos de Palmiche o Matojo.
Aquellos diarios guardaban la evidencia de estados de ánimo, vivencias del día, amores secretos, ansias y sueños, algunos garabatos o caricaturas, rayados con desgano, intentos de canciones, poemas, confidencias. 
Allí dejé testimonio de mi adolescencia, del paso por todos aquellos pasillos y escaleras, todas las estaciones y emociones, frustraciones, anhelos, inquietudes, dudas, decepciones, esperanzas, risas, y alaridos de dolor silente que desparramaba en la catarsis de las letras.
Hoy esas viejas libretas son mi gran tesoro, mi memoria auxiliar en la penumbra del olvido. Las saco como un viejo pirata abre su cofre para contar su oro, las tomo y huelo, dejo que el aroma del pasado irrumpa en mi presente y me envuelva en las mismas sensaciones.  Quedo absorta, contemplando a esa niña que va recién descubriendo, recién floreciendo.  Compadeciendo sus errores, siendo cómplice de sus ocurrencias, avergonzándome de sus ridículos, añorando esa dulce inocencia de soñar con tantas ganas de comerse el mundo, que ahora faltan… esas ganas que saltan del papel amarillo como vendaval a borrar todos los pudores y las canas.  Me hacen mirar a mi hija de la misma edad, y sonrío entendiendo plenamente. 
Y como ese viejo pirata, con esa mezcla de nostalgia y arrebato, guardo nuevamente mis tesoros y me pongo mis botas de bailar.  
Santiago de Chile. Mayo 2019

RECORDAR ES VOLVER A VIVIR


Pensaba que no estarían más allí, después de tanto tiempo, tantos pasos desandados, tantos olvidos y tantas lágrimas lavadas por la lluvia.  Pero poco a poco comenzaron a aparecer, como brotes de primavera agradecidos del sol.  Porque revivió, para remecer la esquina oscura de la memoria, esa que no sabía siquiera que existía.  Para recuperar, como de un disco dañado, todos esos datos olvidados y dados por perdidos.  Ese efecto de sorpresivo milagro, que va levantando capa tras capa de memorias, restableciendo una imagen pieza por pieza, como un rompecabezas antiguo reencontrado en un viejo armario.  Va renaciendo ante la incredulidad y tomando un brillo imposible de pintura restaurada, con mucho esmero, con mucho amor. 

Así ha conseguido este grupo de disímiles esferas, en distintas geografías, de múltiples ideologías pero idéntica nostalgia, perforar hasta el corazón de la quebrada memoria y sacar a luz tantos recuerdos. Como escarbando un tesoro con un viejo mapa, rasgado y borroso, que se ha compuesto mágicamente. 


Se ha hecho tan cotidiano compartir un café en la distancia, leer relatos emocionantes o  hilarantes,  sentirse acompañados en alegrías y tristezas, reír de los más impúdicos chistes, reconocerse en fotos blanquinegras que saltan de antiguos rincones y gavetas, rememorar y deleitarse con las historias, que se van tejiendo gracias a la añoranza y el deseo.  Desafiar las huellas del tiempo en nuestros cuerpos para volver a ser los mismos de entonces.  Rescatar los sueños, revivir anhelos, retornar a ese lugar feliz donde reencontrarnos con nuestra esencia.

***

Por esto quiero tomar prestada la sentida canción que creó Katia Marquez en ocasión del reencuentro 30 aniversario de nuestra graduación. En las dos orillas.