JARDINES COLGANTES
En el docente había
un sector amplio, frente en las escaleras que enmarcaban el
anfiteatro, con bancos largos que iban de lado a pared a pared, donde nos
podíamos sentar en los entre-turnos o en los recreos. Había un mito urbano que decía que se habían filtrado unas fotos de estudiantes de la Lenin, donde aparecían sentados a
corro sobre el fresco piso de granito, y se criticaba la ausencia de espacios para sentarse. Verdad o mito,
aquello provocó un despliegue de profesores y auxiliares bolígrafo en mano,
dispuestos a repartir reportes a diestra y siniestra con tal de impedir que se
repitiera la ofensa.
Así que los asientos
disponibles, que eran estos bancos, largos pero insuficientes, se llenaban de
estudiantes apretujados en ambas direcciones, con las piernas colgando adentro
y afuera. Aprovechando, bien aprendido, cada milímetro de espacio horizontal.
Unos se divertían jugando a la “gata parida”, que es un juego que consiste en empujarse estando sentados, hasta lograr expulsar la mayor cantidad de miembros, mientras se reduce el espacio de juego; mientras otros se las
arreglaban para disfrazar su “práctica de pareja” entre tantos uniformes. Así,
cual Guernica de Picasso o manada de cebras, era difícil saber donde
empezaba uno y terminaba el otro.
En los cambios de turno se podían ver racimos de medias y
pantalones colgando en los pisos superiores del anfiteatro. La mayoría de los
estudiantes prefería sentarse mirando hacia el exterior, para alcanzar algo de
aire fresco o para simplemente conversar con la vista más allá de los altos
flamboyanes.
Pero al caer la noche esta zona estaba prohibida. En horario de
estudio o recreación, no se permitía circular por el docente, ni acercarnos
a estos espaciosos bancos. Quizás para
evitar que alguien se escabullera dentro de las aulas vacías y oscuras, o peor
aún, que un alma atormentada y perdida se atreviera a saltar desde un alero. La
Lenin estaba plagada de aleros y trampolines para complacer suicidas. Aunque
nunca escuché de algún caso real.
Mis lugares preferidos en los horarios prohibidos eran estos
bancos colgantes, alejados del ruido y del choteo, o de la obligada compañía
tumultuosa. Me sentaba mirando al
infinito, buscando estrellas entre las nubes, bebiendo la brisa de los
flamboyanes, añorando los fines de semana, la libertad.
Pero tarde o temprano interrumpían mis pensamientos
o lecturas las estridentes palabras de un profesor de guardia que venía
dispuesto a reprenderme, o cuando menos, espantarme del lugar.
Junio 2019

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