viernes, 21 de junio de 2019

RECUERDOS DE LA LENIN III

JARDINES COLGANTES

En el docente había un sector amplio, frente en las escaleras que enmarcaban el anfiteatro, con bancos largos que iban de lado a pared a pared, donde nos podíamos sentar en los entre-turnos o en los recreos.  Había un mito urbano que decía que se habían filtrado unas fotos de estudiantes de la Lenin, donde aparecían sentados a corro sobre el fresco piso de granito, y se criticaba la ausencia de espacios para sentarse.  Verdad o mito, aquello provocó un despliegue de profesores y auxiliares bolígrafo en mano, dispuestos a repartir reportes a diestra y siniestra con tal de impedir que se repitiera la ofensa.   

Así que los asientos disponibles, que eran estos bancos, largos pero insuficientes, se llenaban de estudiantes apretujados en ambas direcciones, con las piernas colgando adentro y afuera.  Aprovechando, bien aprendido, cada milímetro de espacio horizontal.  Unos se divertían jugando a la “gata parida”, que es un juego que consiste en empujarse estando sentados, hasta lograr expulsar la mayor cantidad de miembros, mientras se reduce el espacio de juego; mientras otros se las arreglaban para disfrazar su “práctica de pareja” entre tantos uniformes.  Así,  cual Guernica de Picasso o manada de cebras, era difícil saber donde empezaba uno y terminaba el otro.

En los cambios de turno se podían ver racimos de medias y pantalones colgando en los pisos superiores del anfiteatro. La mayoría de los estudiantes prefería sentarse mirando hacia el exterior, para alcanzar algo de aire fresco o para simplemente conversar con la vista más allá de los altos flamboyanes.  

Pero al caer la noche esta zona estaba prohibida. En horario de estudio o recreación, no se permitía circular por el docente, ni acercarnos a estos espaciosos bancos.  Quizás para evitar que alguien se escabullera dentro de las aulas vacías y oscuras, o peor aún, que un alma atormentada y perdida se atreviera a saltar desde un alero. La Lenin estaba plagada de aleros y trampolines para complacer suicidas. Aunque nunca escuché de algún caso real.

Mis lugares preferidos en los horarios prohibidos eran estos bancos colgantes, alejados del ruido y del choteo, o de la obligada compañía tumultuosa.  Me sentaba mirando al infinito, buscando estrellas entre las nubes, bebiendo la brisa de los flamboyanes, añorando los fines de semana, la libertad.  

Pero tarde o temprano interrumpían mis pensamientos o lecturas las estridentes palabras de un profesor de guardia que venía dispuesto a reprenderme, o cuando menos, espantarme del lugar. 

Como sea, aquellos bancos más que trampolines suicidas, eran como naves espaciales, que montábamos para aliviar de tanto estudio, trabajo y fusil, a nuestras almas de hirviente adolescencia. 




Junio 2019

No hay comentarios.:

Publicar un comentario