DIA DE LA EMULACION
Esa tarde, saliendo del comedor, miré las nubes alejándose hacia el horizonte y me
apresuré para subir a la plataforma superior del tanque de clavados. Allá
arriba, desafiando el vértigo, se podían presenciar bellos atardeceres, solo o
acompañado. A veces los tres pisos se llenaban de alumnos en las horas muertas
del día, especialmente El Día de la Emulación. En esas tardes, después de las
actividades deportivas de rigor, subíamos a esperar la final de futbol. En el
terreno principal detrás de las piscinas, se enfrentaban los eternos rivales de
las unidades 3 y 6. Aquello tenía matices de mundial de futbol, por la gran
cantidad de alumnos que se congregaba para apoyar a su equipo favorito.
Aquel era mi último día de la Emulación en la escuela, había realizado mis últimas
piruetas en el tabloncillo y había visto la infartante final de voley y solo
faltaba la final del futbol. Pero ese año ya no estaba el dream team de la 6,
así que me quedé en la plataforma y decidí apropiarme de aquel atardecer.
Mientras unos vitoreaban a sus equipos en la cancha, o se amontonaban en las
largas filas del comedor, y otros preparaban un último ensayo para la gala en
el anfiteatro, yo permanecía inmóvil, recostada contra la loza a 30 metros de
altura, mirando el cielo rojiazul, mientras se iba poniendo púrpura intenso.
Me senté para dar una última mirada alrededor, a modo de despedida. Cerré los ojos para
absorber los sonidos que llegaban de todas direcciones, y los gritos, gritos
que no provenían de la cancha de futbol. Me asomé al borde para ver de dónde
venía la conmoción y me encontré con una comitiva encabezada por nada menos que
La Teacher de la 5. Junto a ella, un grupo de alumnos que había sido
sorprendido en el trampolín. Mirando hacia arriba con preocupación.
Me incorporé y comencé a bajar los escalones. Llegando al suelo, la Teacher comenzó a
reprenderme: que me estaban llamando hace rato, por qué no bajaba, que les
había dado un tremendo susto, que si estaba pensando en suicidarme, y
finalmente, que no estaba permitido subir ahí. Hice un esfuerzo por contener
una mueca de fastidio, pero en el fondo comprendí su preocupación, después de
todo, la piscina estaba vacía. Me pidió la tarjeta y anotó un detallado reporte
con severas palabras, esperando que las leyera el Director de mi unidad (algo
que no sucedió pues la tarjeta se desvaneció ese mismo día). Luego me dedicó
una de esas miradas que desarman acorazados y me invitó a abandonar el lugar.
Al llegar al albergue me encontré con Pupy, que me tenía una sorpresa.
No bastando con aquella “falta”, ese mismo día y sin previo aviso se aparecieron
de visita en la escuela, mi novio y el de Pupy. Mi novio entonces era
estudiante de Biología en la UH, y como era ex Lenin conocía todas las
artimañas para entrar sin ser visto. Todo habría estado bien si no fuera por su
aspecto friki y pelilargo, brazaletes de cuero con remaches en sendos brazos,
botas altas militares y cinta alrededor de la cabeza, al más puro estilo Rambo
o Conan. Su amigo, un paisaje similar. En fin, que era un par bastante
llamativo, por lo que decidimos ir a sentarnos para ver la gala del anfiteatro
desde un lugar donde pudieran pasar desapercibidos. Entre los flamboyanes. Muy
propicio para…
Nada, apenas nos sentamos y un par de reflectores se posaron sobre nosotros. Nos
giramos para poder ver y solo divisamos dos intensas luces y dos figuras que se
aproximaban, como si salieran de una nave espacial. En lugar de correr por
nuestras vidas nos quedamos ahí, congelados. El primero en llegar a nosotros
fue nada menos que Eduardo René, la 2ª autoridad del plantel, seguido de un
alumno reconocido delator, alias cabeza de músculo. El pobre era famoso por
echar pa’lante a malanga. Era como un tic, o más bien, un TOC.
Después de un tajante e infructuoso diálogo, los noviecitos fueron escoltados a la
salida más cercana y a nosotras nos llevaron a dar una vuelta en el moskovich.
Yo iba aterrada, con el corazón a mil pero la imaginación a cero, tratando de
escarbar en mi cerebro alguna buena excusa. Nos bajaron frente al bloque
central y nos condujeron hasta una oficina. Solo faltaban las esposas, nuestras
caras tenían una expresión de culpa impagable. Llamaron por teléfono a alguien
de nuestra unidad. Pasaron 10 minutos eternos y llegó Santiago, el Director.
Cuando nos vio nos reconoció enseguida. Pero por suerte teníamos prontuario
bastante limpio y se encargó de sacarnos del aprieto si le prometíamos regresar
al albergue y no volver a salir de ahí hasta el otro día.
Regresamos al albergue bajo la mirada vigilante de Santiago. Pero aquel era nuestro último
Día de la Emulación y la última gala que veríamos en la escuela. No podía
terminar así. Así que nos cambiamos de ropa rápidamente para no ser
identificadas y nos escabullimos por los pisos del docente hasta los bancos
sobre el anfiteatro. Desde allí, cobijadas por la oscuridad y con los pies
colgando hacia el vacío, como par de suicidas, pudimos ver el resto del
espectáculo y luego corrimos de regreso al albergue, antes que alguien se diera
cuenta.
Pasé el resto de la semana sobresaltada, esperando que alguien apareciera en la puerta
del aula preguntando por nosotras, achicándome cada vez que me cruzaba con
Santiago en el pasillo. Llegó el día de pase sin novedad, al igual que el
domingo y las semanas siguientes… Al final no pasó nada. Había cosas mucho más
graves y significativas con las que lidiaban ese año y nuestras travesuras eran
apenas eso.
Un par de meses más adelante, el adiós se hizo real y definitivo en El Cacahual.
Junio 2019
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