El
molino
Nora Calás
Siempre regresas.
Aunque te pese la culpa por
excederte, por amarme con tanto desenfreno.
Porque tu amor a veces es violento, apasionado y demencial. Pero te entiendo y te lo permito. Nunca te culpo, porque yo participo de esa
demencia que nos lleva al paroxismo.
Yo espero siempre. Porque desde que existo has sido
siempre. Solo tú inundas mis vacíos cada
vez que me visitas, y me regalas las historias de tus viajes, sueños para mi
inerte arquitectura. Y te haces esperar,
culposo y tímido a veces…. mientras te observo acercarte desde lejos, lento y
seductor. Avanzas como un felino
agazapado, con elegancia y precisión, deslizándote
desde donde están ellas. Ellas, tan
altas y elegantes, tan jóvenes y bellas, tan superficiales, tan etéreas. Apenas te ven llegar se contonean y agitan
saludando, llamando tu atención. Los
celos me carcomen cada vez que te veo avanzar meciéndolas con tu ritmo. Pero tú siempre pasas de largo y ahí las
dejas, diciéndote adiós, mordiéndose las ganas.
Sé que no te gustan tan perfectas
y peinadas, porque vienes directo a donde estoy, aquí, cargando con mis años,
con mis batallas y mis cicatrices, mi belleza lacerada. Te acercas y me susurras tus anhelos mientras
clamas mis perdones. Lames las cicatrices lentamente, erosionando cada grieta de mi ser. Y yo me estremezco con aparente calma,
mientras abro los brazos acogiendo toda tu esencia para reventar en el
vaivén de nuestra danza. Frenéticos,
absortos, entregados.
Ambos sabemos que un día no
estaré pues mi cuerpo ya no soporta más tormentas. Tú enloqueces, te lanzas en todas direcciones,
estallas en estruendosa impotencia, me aprietas como si de esa
forma pudieras detener el tiempo y lo inexorable del destino, y yo intento
calmarte con mi abrazo, aunque apenas logre contenerte. Porque te irás, llorando, pero siempre
regresas, viento, a mis ajadas aspas. Siempre
regresas, y yo siempre espero mientras me voy desmoronando. Y el polvo tomará mi lugar, para que me lleves
contigo, eternamente.

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