Los viernes la ponen ansiosa. Se levanta tempranito y cuela café, bebe un largo sorbo mientras escoge el arroz y remoja los frijoles. Tiene el pollo adobado en el refrigerador para hacer su platillo favorito: fricasé, pero sin papas. Con la yuca se va a deleitar igualmente. Regateó infructuosamente para conseguirla, se miró los zapatos y pensó “todavía aguantan otro mes”. Prende el radio para saber del tiempo y poder tender la ropa que le mojó la lluvia del otro día. Si hay viento, se secará en un par de horas. Mueve el dial lentamente y lo detiene al escuchar la voz de Benny y lo deja ahí, acompañándola.
La mañana se va de un lado a otro, pasando la escoba aquí, estirando sábanas allá, desempolvando muebles, pelando, picando y revolviendo en la cocina. Abre la caja de cigarros, vacía. Se cepilla el cabello gris para bajar a la bodega, donde compra otra cajetilla, conversa brevemente con una vecina y regresa, atravesando la rejita que rechina, con sus bisagras cansadas de herrumbre y soledad.
Después de almorzar brevemente se asoma al balcón, café en mano, cigarro en la otra, atisbando el horizonte. Sobre los techos demacrados, los postes que se pierden a lo largo de la calle, las nubes que se alejan para dar paso al sol castigador, se percibe un intenso olor a sofrito que se eleva inundando la ciudad. Regresa a la cocina a lavar los trastes, mientras el Benny sigue cantando. Toma la ropa húmeda y la cuelga en el balcón, y se sienta a esperar frente al televisor. Mira sus manos secas y callosas y piensa que aún sirven para acariciar.
El sillón rechina bajo su peso y no se puede concentrar en el programa, tampoco la logra entretener. Llena un cubo para darse un baño rápido. Después va a la cocina a preparar otro café, ya no canta Benny y la ansiedad no tiene oídos. Apaga el radio y se asoma al balcón. Mira hacia la rejita descascarada de la entrada, luego hacia la esquina, donde está la bodega y la calle que se pierde al doblar. Prende otro cigarro, lo consume, el café se enfría, la esquina y la reja no se mueven, mira el reloj y vuelve a mirar hacia la esquina. Hasta que al final ve una camisa celeste con un punto rojo que aparecen, cruzan la calle y se acercan a la reja, que nuevamente reclama al abrirse. Una sonrisa llena de luz la arrebata del balcón y hace correr a abrir la puerta y abrazar con sus manos secas y orgullosas al hijo, que regresa a la casa y a sus brazos por dos preciosos días.
“¡Mami, estoy partío!, ¿Qué hay de comer? Hoy toca Havana, ¿me prestas 5 pesos? Ah! Me voy a la playa el fin de semana, el profe de Mate invitó a todo el grupo, ¿dónde está la trusa? Eres la mejor, vieja, ¡qué rico estaba el fricasé sin papas, me tengo que ir ya! Chaoooooo…..”
El beso se queda prendido a la mejilla.
Recoge los platos sucios de la mesa y el uniforme tirado sobre la cama, y la maleta junto a la entrada. Junta la ropa sucia y la lleva al lavadero. Se fue la luz, tendrá que lavar a mano y esperar que se seque antes del domingo, para planchar y doblar la ropa a tiempo, antes del pase. Y entrará corriendo un remolino azul y bajará la escalera y saldrá por la rejita vieja y se perderá otra vez tras esa esquina infame, esa esquina odiosa que siempre se lo arrebata. Mira las fotos enmarcadas sobre la repisa y con una sonrisa resignada, se sienta frente al televisor.

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