Nerviosamente mordía mis uñas mientras el pequeño aeropuerto se saturaba de viajantes. Algunos novatos, como yo, se adivinaban por sus ansiosas miradas a la puerta de salida, la puerta que marcaba un paso más adelante, un obstáculo menos. Sintiendo que en cada minuto nos podría delatar el temblor de manos, la ropa y zapatos demasiado elegantes para un viaje de más de 12 horas, o una maleta tan voluminosa para tan pocos días… con todos los abrigos donados por la familia, para enfrentar el frío del hemisferio opuesto. Mis libros, amarillos y remarcados, no podían faltar, mis diarios, mis tesoros. De vez en cuando miraba con angustia hacia una puerta de vidrio, que dejaba ver los rostros de quienes quedaban. El novio al que nunca más vería, la familia saludando alegremente, reprimiendo las lágrimas del adiós definitivo.
El altoparlante anuncia el vuelo, nos alistamos a subir. La última cola, la última larga espera, terminaba al fin. Otro obstáculo menos. Subí la escalerilla y busqué mi asiento junto a la ventana. Mientras una mano se aferraba al vidrio para retener por última vez el paisaje, como si pudiera congelar con ese gesto ese momento y ganar unos minutos màs de aire, la otra mano temblaba en apretado consuelo de una mano desconocida. Mi compañero de asiento, tan novato como yo, compañero de lágrimas mientras los motores rugían sobre la pista saltando livianamente hacia las nubes, hacia lo desconocido.
Un par de horas, pronto destino de mi compañero de vuelo. Un breve adiós agradecido y suerte. Luego arrastrando las maletas en otro aeropuerto muy distinto. Varios cigarros consumidos en la espera. Maldiciendo los zapatos y la falta de experiencia. Pasajero en tránsito. Paciencia. En una esquina se amontonaban entre mochilas y frazadas varios estudiantes, quizás coreanos o vietnamitas, esperando una combinación mucho más extensa. Su alegría contrastaba con mi pánico. Estoy a mitad de camino y ahora me pregunto, solo ahora, si sé lo que estoy haciendo. Mi pasaje de vuelta es en dos días, no es tiempo suficiente para arrepentirse, hay que contener la respiración y sumergirse. Cierro los ojos y pienso en un amigo, fallecido días antes en una infructuosa travesía… suficiente. Seco las lágrimas y avanzo en el pasillo hacia la aeronave. Aun faltan 8 horas más de vuelo. Los motores rugen otra vez. Esta vez la ventanilla está del lado opuesto, puedo ver todos los surcos en la tierra, las serpentinas de espejos y los esponjosos pasadizos entre nubes. Pocas horas más, avanzada la noche, estaré llegando a mi destino.
La Bienvenida
Una ráfaga de viento sucio y helado fue la bienvenida a este extraño país. Una ráfaga como un grito o un golpe inesperado. Los peldaños metálicos bajaban desde mis pies hacia un extenso pavimento que terminaba en un ventanal acristalado, atravesado por la mirada ansiosa y escudriñadora de familiares y amigos (ajenos). El frío es el impulso que obligaba a cargar el peso de las maletas y la recién nacida nostalgia, que emergía como una red anudada a mi espalda y que tiraba hacia atrás con fuerza. Avancé por los pasadizos hacia la frontera de la ley, la bienvenida oficial, los timbres en el pasaporte, las preguntas de rigor.
Después de sortear uniformes y papeles emergí por la puerta del alivio hacia la única cara conocida en ese abismo. Un viejo amigo que me salva de llorar como un niño perdido. Un tembloroso abrazo, la tercera bienvenida, el descanso de los brazos cargados de viejas pertenencias. Nada de protocolo, nada de fiesta. La ciudad dormida se encogía ignorando la llegada de nuevos visitantes. Silenciosos perros cruzaban las avenidas asaltando uno que otro basurero, sombras de jóvenes ojerosos salían de los cines. La ciudad dormía mientras un auto se deslizaba con maletas y ojos brillosos, extrañados y ausentes.
El frío abrazaba cada rincón de la ciudad, cada peldaño, cada puerta, cada pliegue de ropa o de piel que salía a enfrentársele. El intenso aroma a lluvia reciente y flores aplastadas envolvía el aire y la mente se llenaba de sensaciones de adormecida consciencia. La noche fue la breve bienvenida y el silencio su trasfondo... el sueño dominante y el miedo de lo extraño se abalanzaron con estrépito sobre la cama junto con mi cuerpo.
Esa noche soñé que flotaba en un río de ansiedades y un caleidoscopio de imágenes y altoparlantes en Español pero con distintos acentos. Una cálida nube que evocaba sonidos y olores del hogar se iba disipando... sin probar aún la sensación amarga de la distancia, me sentía rodeada por un abrazo tenue que me iba depositando poco a poco en el lecho donde despertaría a la nueva realidad. La luz que entraría por la ventana abriendo mis ojos ante un mundo extraño, los árboles de pálidos tallos sobresalían por los tejados, coronados por una increíble cordillera blanca. Como un cuadro gigantesco antes del pellizco obligado para despertar los sentidos... de la lluvia de imágenes, olores, sonidos, lugares comunes y personas abandonadas. Tantas y tantos...
Una copiosa y desgarradora lluvia de tristeza se abrio paso ante la certeza devastadora de la soledad inminente. Embargada también por una contradictoria felicidad, mezcla de sentimientos de libertad, de curiosidad, deseos de salir a descubrirlo todo, con ojos de niño. Los olores, los colores, los árboles, el frío, la bruma incluso, la arquitectura y el ruido de ciudad, tan diferente. Sin pregones, sin música y sin olor a sofrito. Aparecía solo el aire frío y una sensación anestesiada en la nariz, el ruido constante de los autos y del andar apresurado de los miércoles. Anestesia que me acompañó muy poco tiempo, hasta que intenté adaptar todo el cuerpo y los sentidos a esta nueva realidad, a la tierra que me dio la bienvenida sin celebraciones, como quien hace sitio en un autobús lleno.
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