lunes, 5 de marzo de 2007

Inventario del Sardinante. Cuento "AIRE"

AIRE

Pasó la yema de los dedos suavemente por el borde de la ventana, jugueteando con el polvillo al decantar el smog de cada noche. Sobó los dedos índice y pulgar dejando que una porción semiconsciente de sí disfrutara la textura. Sostuvo la mano frente a sus ojos, muy cerca: los dedos se mancharon de negro. Desvió la mirada y a través de la ventana pudo adivinar como se comenzaban a desprender las primeras hojas del otoño. Destrabó el cierre y empujó el cristal hasta abrir completamente la ventana. La brisa gélida penetró en la habitación, revolviendo sus cabellos oscuros. Se cruzó la camisa y mantuvo sus manos aferradas al cuello mucho rato, como si temiera que la brisa se la arrancase y terminara enfermando de frío. Pero en realidad esperaba. Cuando no hay luna la oscuridad se llena de sombras expectantes. Y allí estaba ella, esperando a que llegara el dueño de la voz en el mensaje telefónico. Le intranquilizaba esperar, en una noche así se consiguen clientes fáciles, basta con llegarse al bar. Pero el mensaje fue bien claro con respecto a la hora y la recompensa bien valdría la espera. Algunos resultan muy extravagantes en cuanto a detalles, pero dejan muy buenas recompensas a cambio. Podía intentar imaginarse cómo era por el sonido de su voz, pero estaba acostumbrada a no crearse expectativas para evitar sorpresas. La brisa cesa de momento interrumpiendo sus pensamientos. Alguien llama a la puerta. El reloj lo confirma: es puntual. -¡Un momentooo!- contesta por inercia, mientras limpia sus dedos con el borde del mantel y se detiene brevemente a retocar el rojo intenso de sus labios. Se acomoda la camisa, dejando un hombro zalamero al descubierto. Abre la puerta.

* * *

El humo del cigarro se contonea con una música imaginaria, ascendiendo con lentitud y finalmente escapando a través de una rendija de ventilación. "Esto es lo mejor que me pudo pasar, que un tipo no llegue y mande un fajo de billetes como disculpa. Lo menos que podía era tirarme al mensajero, después de todo no estaba nada mal, ¿cómo será cuando venga él, en persona?". Deja descansar el cigarro en el cenicero mientras toma el fajo de billetes y lo acaricia repetidas veces. Se regocija dejando volar su ambiciosa imaginación hacia lugares exóticos y vestiduras caras que, junto al aroma del papel, hacen tensar sus pechos como si los estuviera acariciando un extraño. El viento vuelve a penetrar la habitación, recorriendo su espinazo. Se levanta para cerrar la ventana, pero una ráfaga helada, acompañada de hojas secas y goterones de lluvia, revuelve sus cabellos otra vez y desparrama los billetes por toda la habitación. Ella duda entre cerrar la ventana o correr a recoger los billetes antes que vuelen a la calle. Se decide por lo segundo, previsible. Se lanza a perseguir los papeles que parecen frenéticas mariposas escurridizas. Mientras, arrecia la tormenta. El viento arremete nuevamente, cargando más hojas y más lluvia, saltando encima de ella, pegando las hojas a su cuerpo, que se mueve desesperado por atrapar los billetes que se le escapan de las manos. El frío ha levantado hasta el último de sus vellos y su tez pálida parece un espectro debatiéndose entre el remolino de hojas y papeles. El remolino continúa, tornándose ahora azulado, ahora blanco incandescente, a la luz de las descargas eléctricas. Una ráfaga más entra con gélida violencia. Un último remolino recorre sus piernas, sus caderas, sus tensos pechos, sus brazos, su cuello, sus incrédulos ojos, finalmente su pelo revoloteando hacia el techo. La envuelve un violento espiral de hojas y papeles. Una verdadera maraña de diminutos cortes aflora en todo el cuerpo, provocados por el filo del papel enloquecido. El cuerpo derribado yace en medio de la pieza. La oscuridad oculta un tatuaje-telaraña que se fue entramando junto con el dolor y el placer. El miedo y la conmoción se disipan lentamente. El leve humo blanco que sale de sus labios, ya no del cigarro, sino del frío, se disipa también.

* * *

Ya a la luz de la mañana descubrirá los trazos certeros del placer sobre su piel. Recogerá el pago de su desenfrenado sueño. Aún intentará comprender lo sucedido. Temblorosos los dedos palpan los restos de billetes húmedos y dispersos. El teléfono suena. Después de tres tañidos, la voz ajena al cuerpo responde con una ronca sensualidad: “Hola, soy Aire. Si quieres volar conmigo déjame un mensaje.” Un silbido cavernoso se deja escuchar al otro lado de la línea. Ese sonido… Ella palpó el delicado dibujo que cicatrizaba velozmente. Bajó los dedos rápidos a su sexo intacto… un escalofrío recorrió nuevamente su espinazo.

FIN
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